Comprobar un deepfake no consiste en mirar fijamente una cara. Un archivo de vídeo es un contenedor con información de códec, muchísimos fotogramas y una pista de audio, y cada parte cuenta su propia historia. Donde las tres discrepan suele estar la respuesta.
Los contenedores MP4 y MOV registran qué herramienta los escribió, cuándo y con qué ajustes. Las cajas que escribe una cámara no se parecen a las que escribe un editor. Un archivo presentado como original de cámara que solo lleva rastros de un editor ya es motivo de pregunta.
Se muestrean fotogramas en los cambios de plano y se compara el historial de compresión y el ruido de la zona del rostro con los del fondo. Una cara intercambiada ha pasado por otra cadena de proceso, de modo que las estadísticas de ambas zonas pueden discrepar. Una recodificación fuerte borra esa diferencia.
La voz sintética suele producirse con independencia de la imagen. La periodicidad de la onda, el carácter de los silencios y el historial de codificación se valoran por separado del vídeo, y cuando las dos conclusiones difieren lo decimos. Un vídeo al que solo se le cambió la voz puede aflorar así.
Una subida baja la resolución y el bitrate y elimina los metadatos. En un archivo así lo habitual es no concluyente, y es la respuesta honesta. Conseguir el original, o la copia que aún tiene quien grabó, vale más que cualquier análisis.
Esta guía es orientación general, no asesoramiento jurídico. El resultado de un análisis es una valoración probabilística, no una prueba.